A Rouen por favor

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penduchamp

México D.F. a 21 de Noviembre de 1982

 

 

Estimadísimo Marcel,

Finalmente dormí la siesta bajo tierra. Me disculpo por no haber contestado antes tu última carta, ya que el sobre fue entregado en mi antigua casa. La carta permaneció en el buzón un par de meses antes de que mi esposa la descubriera y tardara otros 30 días en agarrar el coraje de cavar y quitar clavos para entregarme tus palabras en la mano.

El retraso se extendió. Me di cuenta que los gusanos, larvas y demás comensales redujeron lo que alguna vez fuera macizo músculo de unas manos que trabajaban con piedra, bronce y acero, a una papilla grisácea que simplemente no coopera para agarrar la pluma y corresponder.

Eventualmente a hueso limpio me fue posible volver a escribir. Espero que Filemón el xoloitzcuintle sea tan efectivo como dice y te haga llegar esta carta antes de que acabe el año. Dice conocer el camino a Rouen a la perfección y lleva mi tibia y peroné de entremés para no hacer paradas.

Dejando de lado tanto lío, te cuento que concluí mi carrera pictórica con un retrato de Richard Amphisbenes. Hice las paces con el único hombre que recibiera una bala de mi parte. Te lo platiqué o tal vez no, pero de todos modos te lo refresco. Todo comenzó en el estudio de Montmartre en el 12, cuando la parvada completa bebíamos sin control mientras redactábamos alguna necia postura sobre nuestra visión de las cosas en aquel entonces. A ti la fiebre te mantuvo en casa y yo terminé caminando bajo espesa neblina a la orilla del Sena con susodicho personaje. Richard me encara culpándome de la mezquina reseña que escribiste sobre su exposición a la que asistí contigo una semana antes al suceso. Aún posee mi nariz aquel aliento a ajenjo, tabaco y sardinas, y aún atormenta mi memoria el encolerizado enjambre de insultos que salía de ese embudo para alcohol que también llamaba boca.

Voy al grano. Tras hacernos de palabras, Ricardo me reta a duelo, el cual acepto violando todo código de caballeros, con una bala madrugadora que va a darle directo en la rótula antes de haber cerrado el trato.

Ya tirado en el piso con la pierna roja de sangre se envuelve en sus alaridos y me dirige una escandalosa amenaza, maldición, o agresión de la misma calaña de la que rescaté la emotiva frase “te veré morir”.

Richard vivió su último tercio de vida rengo pero gozoso en excesiva abundancia. Resulta que vendió en una subasta los cuadros que le di como indemnización. Su carrera artística quedó sepultada aún más profundo que tu servidor como lo anticipaba tu reseña, y que de no ser por ese dinero extra, hubiera muerto por alcohol, pobre y trastornado.

Tuvimos un último oportuno encuentro hace pocos años aquí en Coyoacán, ya que se encontraba viajando por las Americas y decidió hacer una parada en mi Gran Tenochtitlán, hospedándose en casa durante mis últimos 12 días de vivo. No desperdicié la oportunidad de pintar su escarpada y correosa cara montada sobre un alud de capas sepia que lo abrazan con firmeza. Pude verlo enmarcado y colgado en el baño de visitas minutos antes de que mi vista fuera seducida por la luz al final del camino.

Así las cosas mi estimado Marcel. Aunque lejos, ahora te acompaño bajo tierra. Mi lecho es amplio y silencioso. Lena me trajo regalos en ese último descenso: una lámpara de petróleo, cerillos, mucho papel, una pluma, tabaco, tintero y tinta para ponerme al corriente con toda la correspondencia acumulada que también hizo favor de entregarme. Cuando abrieron mi ataúd para entregarme tan valioso paquete, una rama de bugambilia se coló por un lado y se acomodó tan bien aquí adentro que crece y florece con tanta voracidad que hoy apenas me deja mover. Las raíces también suben y según me cuentan ya cubren por completo la lápida.

Espero leerte pronto amigo. Aprovecho para comenzar un Cadáver, ¿juegas?

cadav

marcel

 

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